“No hay gran diferencia entre el líder mundial que envía ejércitos a destruir ciudades enteras, y el vecino que conspira para que corten tu árbol favorito.” Loanes Mova.
Pequeño Dictador
Imagina que, dentro de cada uno de nosotros, hay un pequeño dictador, un pequeño comunista que gobierna nuestro mundo personal. No se trata de un sistema político tangible, ni siquiera de una ideología bien definida. Se trata de una tendencia inherente, un impulso sutil que aflora cada día en nuestras acciones más cotidianas, en nuestras interacciones más simples. Este “pequeño comunista” no busca colectivizar los medios de producción, pero sí busca ejercer control, manipular su entorno, imponer su voluntad.
llevamos dentro un pequeño comunista, o un “mini comunista”, un gobernante en miniatura que controla cada aspecto de nuestro pequeño mundo. Este pequeño dictador no es ideológico, no está motivado por la política, ni por el deseo de justicia social. Está impulsado por algo mucho más profundo y más inherente a la naturaleza humana: el deseo de controlar su entorno, definir las reglas y moldear el mundo según sus propias percepciones.
Este “mini comunista” se manifiesta en nuestras vidas cotidianas, en las interacciones que tenemos con los demás, pero es en las redes sociales donde su presencia se hace más evidente. El perfil de cada individuo en una red social es su propio reino, su pequeño planeta, donde dicta las leyes, donde decide qué voces se escuchan y cuáles son silenciadas. Y, al igual que cualquier soberano, se enfurece cuando su poder es desafiado.
Los “mini planetas” de las redes sociales
Consideremos por un momento cómo interactuamos en plataformas como Facebook, Instagram o X. Cada perfil es una representación digital de nosotros mismos, una extensión de nuestro ser en el espacio virtual. En estos mini universos, cada usuario tiene la capacidad de dictar las reglas, decidir quién puede entrar, quién puede hablar, y quién debe ser silenciado.
El acto de bloquear a alguien en las redes sociales es el ejemplo más claro de este comportamiento autoritario. Cuando un usuario bloquea a otro, está diciendo: “Tu voz no tiene lugar en mi reino, tus ideas no son bienvenidas en mi pequeño universo”. Este acto de censura puede parecer insignificante, pero en realidad es un reflejo del poder absoluto que cada individuo tiene sobre su propio espacio virtual. En este sentido, cada perfil es como una pequeña dictadura, un reino donde las reglas son definidas únicamente por el soberano — el usuario.
Pero, ¿qué sucede cuando esa misma persona, que se comporta como un mini dictador en su propio perfil, recibe una sanción o es censurada por una plataforma más grande, como Facebook o Instagram? Es en ese momento cuando el “mini comunista” se siente atacado y denuncia la “injusticia” de ser censurado.
La paradoja de los dueños de las redes sociales
Aquí es donde entra en juego el gran contraste entre los individuos comunes y los dueños de las plataformas sociales. Mark Zuckerberg, el creador de Facebook, o Elon Musk, dueño de X, y los dueños de las demás redes sociales no son diferentes en esencia a cualquier usuario común. Ambos gestionan sus plataformas con el mismo instinto de control que un usuario ejerce sobre su perfil personal. La diferencia radica en la magnitud de su poder. Mientras que un usuario común puede bloquear a una persona o eliminar un comentario, Zuckerberg y Musk tienen la capacidad de controlar millones de interacciones diarias, definir qué contenido es aceptable y qué no lo es, y establecer reglas que afectan a usuarios en todo el mundo.
Cuando estos gigantes tecnológicos imponen sanciones o censuran a ciertos usuarios, los afectados suelen reaccionar con indignación, diciendo que lo harían “diferente” si tuvieran el control. Se quejan de las políticas de censura, de las restricciones de contenido, y aseguran que ellos permitirían una mayor libertad de expresión. Pero aquí surge una pregunta fundamental: si esos individuos estuvieran en la posición de Zuckerberg o Musk, ¿realmente actuarían de manera diferente?
La respuesta es probablemente no. El poder, independientemente de su magnitud, tiende a revelar la verdadera naturaleza de las personas. Si un individuo común fuera colocado en la posición de un líder de una plataforma global, pronto descubriría que el control es necesario para mantener el orden en un espacio tan vasto. Las mismas personas que hoy critican las decisiones de los dueños de las redes sociales se encontrarían tomando decisiones similares si tuvieran el mismo poder.
Ejemplos históricos del poder
La historia está llena de ejemplos que refuerzan esta teoría. Pensemos en figuras históricas que, al principio de su vida, parecían ser defensores de la justicia, la igualdad y la libertad, pero que, al alcanzar el poder, se convirtieron en tiranos. Un ejemplo claro es Napoleón Bonaparte, quien comenzó su carrera militar defendiendo los ideales de la Revolución Francesa: “Liberté, Égalité, Fraternité”. Sin embargo, una vez que alcanzó el poder absoluto, se coronó emperador y comenzó a gobernar con mano de hierro, aplastando a sus oponentes y expandiendo su imperio a través de la guerra.
Este patrón se repite a lo largo de la historia. Los líderes que comienzan con promesas de libertad y justicia a menudo se convierten en los opresores que alguna vez combatieron. Y este fenómeno no se limita a los grandes líderes mundiales. En el ámbito de las redes sociales, lo vemos reflejado en cómo las personas gestionan su poder dentro de sus propios perfiles.
Ejemplos modernos: el fenómeno de la cancelación
Un ejemplo moderno de cómo el “mini comunista” se manifiesta en las redes sociales es el fenómeno de la “cancelación”. Los usuarios, cuando se ven ofendidos por una opinión o un comentario, rápidamente organizan campañas para silenciar a la persona que consideran ofensiva. Se forman turbas digitales que exigen la expulsión de la persona de la plataforma, y en muchos casos, logran su objetivo.
Este comportamiento no es tan diferente del que ejercen los dueños de las plataformas cuando imponen sanciones a usuarios que violan las reglas. Sin embargo, cuando los mismos individuos que organizan campañas de cancelación se ven penalizados por las plataformas, rápidamente cambian su postura y se quejan de la falta de libertad de expresión. Esta doble moral es una manifestación del “mini comunista” en acción. Cuando tienen el poder, lo ejercen sin vacilaciones. Pero cuando ese poder se les arrebata, denuncian la injusticia.
Los reinos personales y el control del discurso
Para ilustrar esta idea de manera más clara, pensemos en un ejemplo sencillo. Un usuario común de Facebook, Juan, tiene un perfil donde comparte sus opiniones sobre política, deportes y cultura. Un día, un amigo de Juan comenta en una de sus publicaciones algo que no le agrada. Juan, en lugar de debatir o ignorar el comentario, decide bloquear al amigo. Para Juan, esto no es un acto de censura; simplemente está ejerciendo su derecho a decidir qué contenido aparece en su perfil.
Ahora, imaginemos que, unos días después, Facebook bloquea temporalmente a Juan por haber violado una de sus políticas de contenido. Juan se enfurece. Se queja en otras plataformas de cómo Facebook le ha “quitado su libertad de expresión”. Pero, ¿acaso no hizo Juan lo mismo cuando bloqueó a su amigo? En su pequeño mundo, Juan actuó como un dictador, controlando el discurso en su perfil. Y ahora que una autoridad mayor ha hecho lo mismo con él, siente la injusticia.
Este ciclo se repite constantemente en las redes sociales. Los usuarios actúan como pequeños tiranos en sus perfiles, pero cuando se enfrentan a una autoridad mayor, como los dueños de la plataforma, se sienten oprimidos.
La naturaleza del poder y el alcance
Este experimento poético nos lleva a una conclusión fundamental: la diferencia entre los individuos comunes y los dueños de las redes sociales no radica en su naturaleza, sino en el alcance de su poder. El usuario común tiene un poder limitado: puede bloquear a algunas personas, eliminar ciertos comentarios, y controlar lo que ocurre en su pequeño perfil. Pero los dueños de las plataformas tienen un poder mucho mayor: pueden controlar el flujo de información a nivel global, decidir qué discursos son permitidos y cuáles no, y sancionar a millones de usuarios.
Sin embargo, si mañana cualquier usuario común recibiera ese poder, sus decisiones no serían muy diferentes. Porque en esencia, todos estamos hechos de la misma materia. Todos llevamos dentro de nosotros ese “mini comunista”, ese pequeño dictador que anhela controlar su entorno y definir las reglas del juego.
Conclusión: el poder revela la verdadera naturaleza
Al final, el “mini comunista” que todos llevamos dentro es una manifestación de la naturaleza humana. No se trata de ideología o política, sino del deseo intrínseco de controlar nuestro entorno. En las redes sociales, este deseo se hace evidente en cómo gestionamos nuestros perfiles y cómo reaccionamos cuando nos encontramos ante una autoridad mayor.
Los dueños de las grandes plataformas, como Zuckerberg o Musk, no son esencialmente diferentes a nosotros. Solo tienen un poder mayor. Pero si estuviéramos en su lugar, es probable que nuestras decisiones no fueran tan distintas. El poder, como dice el dicho, no corrompe. Solo revela lo que siempre estuvo allí.
En este sentido, debemos reflexionar sobre cómo ejercemos el control en nuestros pequeños reinos digitales y reconocer que, al final, no somos tan diferentes de aquellos a quienes criticamos. Porque el poder, ya sea pequeño o grande, nos afecta a todos de la misma manera.
Comentarios
Publicar un comentario